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Hambre de contacto.



Hambre de contacto”, le llamó Ken Wilber. Anhelar con hondura ser percibidos por el otro, conectarnos íntimamente, ser apreciados, abrazados, contenidos: una básica necesidad humana que muchos, para sobrevivir, aprenden a anestesiar. Sí: algunas personas, mancilladas en su sensibilidad, van tejiendo un sistema defensivo que les mantenga protegidos de nuevos dolores; una coraza (palabra que, claro, viene de “corazón”). Entonces, o se aislan, o se abren erróneamente ante quienes van a dejarles de nuevo con… hambre de contacto. Necesitan aprender a administrar las compuertas sensibles.
El corazón sobre-defendido tiene dos destinos: o se momifica (y queda seco, frío, mudo), o sufre su encierro como un pájaro confinado, más que a una jaula, a una caja de hierro. Pobre pájaro! Pobre corazón. Y pobre persona si no advierte que esa caja fuerte se abre desde adentro: sólo uno tiene la clave, y con suma delicadeza necesita darse tiempo para, palpando el propio sentir, encontrar cómo hacer el “click”. Si no puede solo, no esperar a que “el Amor” venga a salvarle: pedir ayuda, pues para hacer contacto con otro es indispensable primero aprender a hacer contacto consigo. Así, se sabrá elegir mejor con quiénes transitar el camino.
Curiosamente, en Psicología (arte de ayudar a abrir cajas fuertes) con frecuencia se entrena a quien la ejerce a mantener tanta distancia con su paciente, que lo que éste suele experimentar es más aridez (mayor hambre de contacto!): en vez de auxiliarnos para aprender a abrir nuestra caja fuerte, sólo nos explican cómo es su cerradura. Para desacorazar, el terapeuta también tiene quedesacorazarse; contactar con la esencia de quien se ha a-islado, pues eso lo animará a dejar de ser una isla y unirse al continente, con sus pares. Adiestrémonos, todos, en ser gentiles auto-cerrajeros. Y liberemos nuestro pájaro. Como sea.

Aquí el exacto Eduardo Galeano nos ilustra este tema con una historia:

“Rubén Omar Sosa escuchó la lección de Maximiliana en un curso de terapia intensiva, en Buenos Aires. Fue lo más importante de todo lo que aprendió en sus años de estudiante. 
Un profesor contó el caso. Doña Maximiliana, muy cansada por los trajines de una larga vida sin domingos, llevaba unos cuantos días internada en el hospital, y cada día pedía lo mismo: 
-Por favor, doctor, ¿podría tomarme el pulso? 
Una suave presión de los dedos en la muñeca, y él decía: 
-Muy bien. Setenta y ocho. Perfecto. 
-Sí, doctor, gracias. Ahora por favor, ¿me toma el pulso? 
Y él volvía a tomarlo, y volvía a explicarle que estaba todo bien, que mejor imposible. 
Día tras día, se repetía la escena. Cada vez que él pasaba por la cama de doña Maximiliana, esa voz, ese ronquido, lo llamaba, y le ofrecía ese brazo, esa ramita, una vez, y otra vez, y otra. 
Él obedecía, porque un buen médico debe ser paciente con sus pacientes, pero pensaba: "Esta vieja es un plomo." Y pensaba: "Le falta un tornillo." Años demoró en darse cuenta de que lo que ella estaba pidiendo era que alguien la tocara.”


 Virginia Gawel.

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