U n día supiste por fin lo que tenías que hacer, y empezaste, aunque a tu alrededor las voces seguían gritando sus malos consejos aunque toda la casa empezó a temblar y sentiste el antiguo tirón en los tobillos. “¡Arreglame la vida!” gritaba cada voz. Pero no paraste. Sabías lo que tenías que hacer, aunque el viento hurgaba con sus dedos rígidos en las bases mismas aunque su melancolía fuese terrible. Ya era bastante tarde, y una noche salvaje, y la calle llena de ramas caídas y de piedras. Pero de a poco, mientras dejabas las voces atrás, las estrellas empezaron a arder entre las sábanas de nubes, y había una voz nueva, que lentamente reconociste como tu propia voz, que te acompañaba mientras te adentrabas más y más en el mundo, decidida a hacer lo único que podías hacer decidida a salvar la única vida que podías salvar. ...