Hambre de contacto”, le llamó Ken Wilber. Anhelar con hondura ser percibidos por el otro, conectarnos íntimamente, ser apreciados, abrazados, contenidos: una básica necesidad humana que muchos, para sobrevivir, aprenden a anestesiar. Sí: algunas personas, mancilladas en su sensibilidad, van tejiendo un sistema defensivo que les mantenga protegidos de nuevos dolores; una coraza (palabra que, claro, viene de “corazón”). Entonces, o se aislan, o se abren erróneamente ante quienes van a dejarles de nuevo con… hambre de contacto. Necesitan aprender a administrar las compuertas sensibles. El corazón sobre-defendido tiene dos destinos: o se momifica (y queda seco, frío, mudo), o sufre su encierro como un pájaro confinado, más que a una jaula, a una caja de hierro. Pobre pájaro! Pobre corazón. Y pobre persona si no advierte que esa caja fuerte se abre desde adentro: sólo uno tiene la clave, y con suma delicadeza necesita darse tiempo para, palpando el propio sentir, encontrar cómo ha...