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Cierta vez en un pueblo lejano, hace muchisimos años, vivía un hombre muy pero muy anciano. El paso de los años le había ido quitando algunas cosas, como su agilidad, su destreza con las manos y la vista, pero le había ido acercando otras, como por ejemplo una gran sabiduría.

Había vivido en ese pueblo desde siempre y a nadie extrañaba la seguridad con la que se movía de aquí para allá sin necesidad de lazarillo ni de acompañante.

Por eso, aquella oscura noche sin luna a todos sorprendió verlo paseando por las calles del pueblo llevando con él una lámpara encendida.

-Issuf…-le dijo el vigilante al verlo pasar-. Tú conoces esta calle mejor que nadie y, además, lamentablemente estás ciego. ¿ Qué haces caminando a estas horas llevando esa luz?.

-No llevo la lámpara para ver dónde voy –dijo el anciano-, conozco esta calle milímetro a milímetro, la he recorrido casi cada día durante los últimos cien años. Pero me han contado que la noche está oscura, y los que no conocen tanto el pueblo posiblemente necesiten ver para no tropezar. Llevo la luz conmigo para hacer un poco más fácil y más seguro el camino de ellos, no para alumbrar el mío.



Jorge Bucay.





Comentarios

  1. Ya he vuelto de mi larga ausencia.
    Hermoso ejemplo, que la luz de nuestra alma y nuestra sabiduria les llegue a alumbrar el camino a todo aquel que esté a nuestro alrededor.
    Un abrazo.
    Ambar.

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  2. Que bueno Ambar!!!!
    Gracias por pasar, un abrazo!!!

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A todo caminante que la vida trajo por aqui, le agradezco que deje su huella. Un abrazo!!!

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