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Casa original.


Nuestro Padre, no todos los hermanos le profesábamos el mismo cariño, nos dejó en herencia una original casa redonda. No la rodeaban muros, ni rejas la aprisionaban. De color azul cambiante tenía pintados sus techos y en las habitaciones abundaba el color verde. Era grande. También los hermanos éramos muchos. La luz entraba a raudales durante el día y múltiples lamparitas daban misterio a sus noches. Era una buena casa redonda para vivir. La calefacción funcionaba potentemente en verano y el aire acondicionado nos hacía tiritar en invierno, pero era la mejor casa para vivir pues, en ella, podía aspirarse el perfume de las plantas, no era difícil adivinar la silenciosa huella de los animales y convivían pacíficamente el frescor de cumbres y mares con la sedosa tibieza de la vida palpitante. Era una casa amplia y redonda con capacidad de acogida para todos aunque, entre los hermanos, surgieron envidias, recelos y luchas que hicieron temblar sus paredes. Era la herencia de nuestro padre. Más que redonda era esférica y nunca acertamos a comprender cuáles eran sus cimientos.




Marina Cuervo y Jesús Diéguez.



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