Esperando ser incluidos. Mirando por la ventana, como lo hace un niño, aguardando que nos inviten a jugar. Hambrientos de un abrazo… o por lo menos, una sonrisa. Expectantes de que alguien se nos acerque. Por otro lado, temiendo que en ese potencial acercamiento del otro: No caigamos del todo bien Alguien nos critique Nos rechacen Y lo que sería peor aún, nos abandonen y volvamos a quedarnos solos. Como lo describe Susan Jeffers: “Necesitamos gustar… Quiero gustarte. Pero no me gusto, y si tú realmente llegas a conocerme es probable que tampoco te guste. Es por eso que pretendo ser diferente de lo que realmente soy… De esa manera, vivimos con el pensamiento aterrador de que ´Si no los conformo, pueden irse´… La soledad es, a menudo, el resultado de un corazón cerrado. Nuestro temor a ser heridos, rechazados o juzgados nos congela en nuestra soledad”. Y ahí estamos. Deseosos de conexión. Anhelando ser amados. Y al mismo tiempo, llenos de miedos. ¿Hay salida? Sí, pero con un camb...