P edía a Dios todos los días la gracia de encontrar un tesoro. Había comenzado a trabajar en el campo pero no le gustaba, y pensaba que a Dios no le costaba nada revelarle en un sueño donde había un tesoro escondido. Alguno habría entre tantos terrenos, y con solo saber donde estaba, lo buscaría y viviría feliz toda su vida sin tener que madrugar y trabajar y cavar y sudar siete días a la semana. Era bien sencillo. Y él tenía la certeza de que Dios le revelaría el tesoro escondido. Dios era omnipotente, y él se lo había suplicado con fe y con devoción. No podía fallar. Una noche tuvo un sueño. En un campo cercano al suyo, en la ladera del río, al lado de un árbol que él en su sueño identificó enseguida, estaba el tesoro escondido. Al día siguiente exploró el terreno con disimulo, y era exactamente como se le había mostrado en el sueño. El campo, el río, el árbol, y allí, escondido bajo tierra estaba el tesoro que le esperaba para hacerle feliz. Apenas pudo ocultar su alegría,...