Cuando lo conocí, Daniel estaba muy preocupado. Tenía 34 años, trabajaba como economista en un Banco importante, aparentemente todo era exitoso en su vida y, sin embargo, se sentía solo. Sus parejas eran breves, no tenía muchos amigos, se vinculaba con dificultad. Y, varias veces en los últimos tiempos, diferentes personas le habían dicho que lo encontraban un tanto soberbio, que se sentían cuestionadas por él. Algo similar le ocurría a Paula, de 31 años, madre de dos hijos y, con esfuerzo, estudiante de psicología, carrera que retomó tras varios años dedicada a la maternidad. Sus amistades duraban poco, no encontraba a las otras personas hechas a su medida, tenía poca paciencia con los que consideraba defectos y los demás terminaban por alejarse. Daniel y Paula son dos ejemplos de lo que ocurre cuando vivimos nuestras vidas en calidad de jueces de los demás. Terminamos por dificultar el vínculo, incomodamos a las otras personas, ponemos la relación en un plano inclinado (nosotros arri...