martes, 25 de septiembre de 2012

La devaluación de la naturaleza.



Creo en el respeto. 
Respeto a las criaturas, a los hombres, 
a la belleza, a lo sagrado. 
(Cardenal Danielou)


Respeto, veneración, adoración. “Acatamiento y reverencia” en frase ignaciana que es clave de postura espiritual. Ante Dios y su creación, ante hombres y mujeres, ante paisajes y horizontes, ante lo bello y lo sagrado. Un sentir profundo de reverencia intensa ante la presencia del Creador en cada una de sus creaciones. Humildad admirativa. Recogimiento artístico. Misticismo cósmico.
El ritual reposado de una puesta de sol. La majestad serena de una cumbre en los hielos. El milagro verde de un árbol en flor. La belleza amiga de un rostro humano. Todo son huellas. Todo son facetas. Todo son rayos de un sol y arroyos de una fuente y brisas de un amanecer. Todo en el mundo tiene esa cualidad divina que marca su origen y señala su destino. Cada flor es un ángel, y cada roca un sacramento. Nos invade el silencio al asomarnos a la naturaleza porque sentimos en ella el perfume de los dedos que la crearon. Silencio y oración.
Estamos perdiendo el sentido de adoración. Todo es profano. Todo se explica científicamente y se disfruta despreocupadamente –mientras haya dinero para ello–. Los cielos son astrofísica, los mares son deporte, los animales son cacería, las montañas son excursión. Las personas son estadísticas, la música es ruido, el trabajo es competencia, el amor es sexo. Todo ha perdido su misterio, su secreto, su sacralidad. Todo puede obtenerse por dinero y disfrutarse con ligereza. Hemos sufrido la mayor devaluación de los mercados del mundo: la devaluación de la naturaleza.
Hay que volver a saber admirarse, a saber ponerse de rodillas, a saber adorar. Hay que recobrar el sentido de lo sagrado en todo lo que nos rodea, que de Dios viene y a Dios va. Hay que reconocer los pasos y sentir la presencia. Hay que volver a sentir a Dios en la brisa que pasa, en la lluvia que cae, en la sonrisa que nos saluda, en la mano que estrechamos, en el aire que nos da vida y en la tierra que nos sostiene. Hay que volver a saber y querer saber y lograr el tiempo y la paz del alma para contemplar una puesta de sol, para pasear por un bosque, para mirar al mar, para acompañar en fantasía  la marcha de las nubes por el cielo. Hay que volver a saber extasiarse ante un capullo de rosa y un trino de ruiseñor. Hay que volver a descubrir la imagen de Dios en el rostro, la palabra, el andar y el mirar de cada hombre y mujer que se nos presentan en la vida y acompañan nuestro caminar. Hay que resucitar el respeto a todo lo creado, que es respeto al Creador. Solo al devolver esa profundidad a nuestra mirada, devolveremos la plenitud a nuestra vida.


¿No será que hemos perdido respeto a la creación porque ya no nos respetamos a nosotros mismos?



Carlos G Valles.


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