El puente inflexible.


Un día yo navegaba bajo un puente, el màstil de mi embarcaciòn tropezò con uno de los arcos. Mejor hubiera sido para mi que el màstil se hubiera inclinado unos cuantos centimetros, o que el puente hubiera enarcado su lomo como un gato, o que el caudal del rìo hubiera decrecido un poco. Pero ni uno no otro hicieron nada para evitar el encontronazo. Y es precisamente por ello, por la firmeza que cada cosa mantenìa, por lo que yo podìa servirme del rìo y navegar sobre èl con ayuda del palo de mi barco, y por lo que podìa contar con el puente cuando la corriente no era favorable.

¨ Ese rigor inquebrantable de la realidad suele obstaculizar nuestros deseos y conducirnos al desastre, lo mismo que la dureza del suelo resulta inevitablemente dolorosa para el niño que se cae cuando està aprendiendo a caminar. Y, sin embargo, esa misma dureza que le lastima es lo que hace que el niño pueda caminar sobre el suelo.¨

R. Tagore.


Las leyes son las leyes, el capricho crea caos. La ley nos duele cuando es contraria a nuestros intereses inmediatos, pero nos ampara en el àmbito universal de nuestra existencia. Nos ancantarìa que el màstil se inclinara o el puente se arqueara y evitasemos ese choque que nos va a doler. Pero, si los màstiles se doblaran y los puentes se arquearan a voluntad de cualquiera, no podrìamos navegar los mares ni cruzar los rìos. Màs vale el encontronazo que nos recuerda, por doloroso que sea, que la creaciòn tiene sus normas, y en respetarlas y aceptarlas està nuestra salvaciòn. Todos nos hemos lastimado las rodillas al tropezar y caer de pequeños, y gracias a esos rasguños podemos hoy caminar y correr por los caminos de la vida, que sabemos aguantaran nuestro paso. Aceptar el todo, aunque a veces mortifiquen los detalles. Asì funciona el universo.



Carlos. G. Valles.

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