domingo, 18 de septiembre de 2011

La frontera.


Aprendimos en algún momento, siguiendo los consejos de otros (que decían que sabían), a construir una muralla imaginaria que nos separa un poco del mundo y una barrera que nos permitiera determinar qué cosas podían atravesar y qué cosas no. Gracias a ellas, hemos podido mantener hasta ahora la tibia ilusión de nuestra pequeña cuota de control sobre el mundo y, por extensión, la vanidosa fantasía del absoluto control sobre nuestras vidas.
Por otro lado, para confundirnos o para despertarnos (quizá para ambas cosas), la vida nos enseña que enfrentarse con la verdad es el más deseable de los logros, y eso implica luchar por cancelar cualquier condicionamiento de nuestra conducta.

¿Cuál de estos aspectos triunfará? ¿El que sostiene la frontera o el que pretende dejarse fluir?
¿Y si decido encarar el arduo camino de sentirme uno con el universo?
¿Y si dejo de discriminarme de todo y de todos?
¿Y si ya no hubiera diferencias entre el mundo y yo?
¿Y si renuncio a establecer el límite de mi piel como una frontera insalvable...?
¿Que podría pasar?

Confirmando el doble mensaje, a una parte de mí le parece más atractiva la posibilidad de volverme permeable a todo lo que suceda afuera...pero desde otros aspectos, quizá menos seguros, en medio de lo confuso de las preguntas y sus respuestas, se disparan cientos de nuevas alarmas que me alertan de los peligros de derrumbar la muralla, me asaltan algunos temores que no conocía, nuevas fantasías catastróficas y paralizantes, enarboladas por la idea de que quizá yo no pueda soportar el sufrimiento que eso podría causarme.

Si no consigo vencer este miedo, volveré al refugio de la protegida cárcel de mi conocida personalidad y cerraré detrás de mi puerta, de ser posible con siete llaves, para dejar fuera el dolor, lo desestabilizante o lo desconocido... aun sabiendo que también le cierro la puerta a todo lo nuevo, a todo lo creativo y a todo lo diferente... aun comprendiendo que con ello, termino con toda posibilidad de crecer, porque después de todo, crecer no es otra cosa que abandonar las seguras fronteras anteriores para recorrer espacios diferentes y para poder vivir nuevas experiencias.




Jorge Bucay.

Imágen: Becca Cusworth.




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