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Si no sufres por mi ...


¡Es que no me amas!


De manera equivocada, pensamos que irremediablemente el acto de amar lleva implícita una dosis de dolor crónico imposible de erradicar. Más aún: algunas personas mantienen la firme creencia que el sufrimiento está tan ligado al amor, que éste no podría existir sin aquel.

El pensamiento que sustenta tal actitud es como sigue: "Si no sufres por mí, no me quieres". Una chica le decía a su novio, un hombre tranquilo que no se desespera demasiado en esto del querer: "¿Cómo es posible que no me extrañes nunca y que jamás me hayas hecho una escena de celos? ¡Eso no es normal!".

Estamos tan acostumbrados a la enfermedad afectiva, que cuando vemos una posición interpersonal sensata y racional -como debería ser-, se nos antoja sospechosa de desamor. Hemos creado un paradigma sobre la irracionalidad del amor que nos acerca peligrosamente a la «locura apasionada» y a la disociación. Sin embargo, una cosa es la emoción natural que acompaña la atracción y el deseo, el toque encantador del arrobamiento, y otra muy distinta perder contacto con la realidad.

La pasión es importante, pero el dolor que desgarra el alma, definitivamente no. El amor triste, penoso, difícil de sobrellevar, es una alteración de la afectividad, una deformación del Eros y no su realización.

Lo que ocurre es que cuando nos entregamos al amor, lo hacemos desde un sinnúmero de esquemas negativos y altamente contaminados, plagados de temores e inseguridades: miedo a la soledad, al abandono, a la desprotección, al rechazo, a la traición, al desengaño. El amor es reflejo de lo que somos y de cómo nos pensamos a nosotros mismos.

Entonces, la premisa cultural es demoledora: "Si no sufres por mí, si no te retuerces sobre tu propio ser hasta reventar, si no te agotas en esto de estar conmigo, es que no me amas".

De acuerdo con esta concepción flagelante y claramente masoquista, el amor debe doler hasta las lágrimas (como un dolor de muelas) para que sea verdadero. La ausencia de angustia sólo configuraría un amor incompleto, débil e inconcluso, mal terminado, dudoso. En cambio, se piensa que los celos, el delirio de quien presiente la deserción del otro a toda hora o la incertidumbre de la traición, por poner algunos ejemplos, sí son indicadores confiables del amor auténtico. Para esta curiosa filosofía, querer a alguien es padecerlo más que gozarlo.

Pero también existe la contraparte de quien sabe hacer del amor una experiencia cómoda y divertida: "Si me padeces, es mejor que dejes de hacerlo porque no quiero una persona doliente a mi lado, sino a alguien que se alegre de estar aquí junto a mí y que me disfrute al natural, sin tantos requisitos".

El afecto no se sobrelleva como una enfermedad (por ejemplo, la de los adictos) ni se carga como un penitencia (la cruz de las abuelas). Sabemos que no todo es color de rosa y que en más de una ocasión desearíamos tirar la toalla con valentía, pero insisto: el cariño y el dolor pueden tomar rumbos distintos y estar más alejados que próximos.

Y no hablo de un amor anestesiado, idiotizado por el embelesamiento, sino de la capacidad de reconocer que puedo prescindir de esta dolencia inútil que me lleva a "sufrirte" en vez de amarte, como si fueras un tormento que se genera en mí, curiosamente, en el nombre del amor.



Walter Riso.








Imágen: Phillip & Lauren Kenney.



Comentarios

  1. El amor, no juega, no impone, el amor dejar ser, el amor ama tal cual!

    Un Besito Marino

    ResponderEliminar
  2. Dicen Tita que aprender a amar incondicionalmente nos lleva varias reencarnaciones, aunque yo lo intento, lo intento y lo intento todavía no me sale =).

    Besotes y gracias por pasar siempre a comentar.

    ResponderEliminar

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