viernes, 15 de julio de 2011

El despertar del alma.


Que pudiera existir alguna laguna o interrupción en la procesión de alegrías y dolores de la vida, era algo de lo que yo aún no tenía ni la más mínima idea. Yo no podía ver nada más allá de esta vida y había aceptado esta vida como si constituyese la única realidad.

Cuando de repente vino la muerte y en un solo instante desgarró totalmente aquella aparente realidad de la vida. Yo permanecí totalmente desconcertado y confuso. Todo lo que me rodeaba: los árboles el suelo, el agua, el sol, la luna y las estrellas seguían tan inamovibles y reales como siempre, mientras que la persona que antes también había estado presente y que, por medio de mil puntos de contacto con mi vida, con mi mente y con mi corazón, era mucho más real para mí que la misma naturaleza, había desaparecido en un momento, como un sueño.

¡Qué contradictorio me parecía todo esto, mientras miraba a mi alrededor! ¿Cómo podría llegar jamás a reconciliar aquello que quedaba con aquello que había desparecido?

La terrible tiniebla, aparecida ante mía través de aquella desgarradora experiencia, continuó fascinándome noche y día...Intentaba sumergirme en ella y comprender qué era lo que había quedado en el lugar de aquello que había desaparecido. El vacío es una cosa en la que el hombre no puede llegar a creer: aquello que no es, es falso; aquello que es falso, no existe. Y, de esta forma, todos nuestros esfuerzos por encontrar algo donde no vemos nada, son incesantes.

Al igual que una joven planta, sumergida en la oscuridad, se esfuerza por crecer para buscar la luz, así, cuando en un arrebato la muerte arroja la tiniebla de la negación alrededor del alma, ésta también se esfuerza por salir a la luz de la afirmación. Pues, ¿qué otro dolor es comparable al del estado en el que las propias tinieblas impiden encontrar el camino para poder salir de ellas?

Sin embargo, en medio de este intolerable dolor, destellos de alegría brotaron en mí y ello me dejó profundamente maravillado. El hecho de que la vida no era algo estable y permanente constituía un descubrimiento muy doloroso, pero que a la vez me propocionaba una gran sensación de alivio. El reconocer que nosotros no somos prisioneros para siempre dentro de las sólidas murallas de la vida ordinaria era un pensamiento que, inconscientemente, poco a poco se iba adueñando de mí, provocando auténticas oleadas de satisfacción. Yo me veía obligado a abandonar aquello que había poseído y este sentimiento de pérdida era el que me hacía infeliz.

Pero, cuando al mismo tiempo, lo consideraba bajo el punto de vista de la libertad adquirida, una gran paz embriagaba todo mi ser. A medida que iba cesando en mí la atracción por el mundo, la belleza de la naturaleza iba adquiriendo ante mis ojos un significado cada vez más profundo. La muerte me había proporcionado la perspectiva justa desde la que poder ver el mundo en la plenitud de su belleza y, cuando contemplaba el cuadro del Universo sobre el fondo de la muerte, lo encontraba realmente extasiante.

(R. Tagore.)


Tras haber pasado así unos instantes en las sublimes alturas donde resplandece la luz del espíritu, debemos regresar a la oscuridad del valle. Ahora estaremos mucho mejor preparados para poder llegar a comprender tanto el significado como la función del duro y tormentoso período que precede al despertar del alma. Ahora podremos darnos cuenta del hecho de que es el propio aproximarse al despertar lo que determina la crisis interior.

Considerando la intensidad y el alcance de estos sufrimientos, espontáneamente surge esta pregunta: ¿no podrían ser evitados, al menos en parte? ¿No se podría facilitar y abreviar el sendero hacia la luz? Sí, efectivamente, esto puede hacerse. Mientras algunas experiencias fundamentales son absolutamente necesarias y no pueden ser sustituidas por ninguna enseñanza o ayuda ajena, muchas penas, muchas rebeliones vanas y muchas desviaciones y tropiezos podrían evitarse por medio del conocimiento de los misteriosos senderos del alma y, sobre todo, por medio de la ayuda directa de un sabio guía que ya haya recorrido estos senderos y vivido estas experiencias. Ahora conviene dar aunque sea una breve respuesta a otra pregunta natural: ¿Qué le sucede al hombre después de que sus ojos se han abierto a la visión espiritual? Variadas, complejas y maravillosas son las aventuras que le siguen. Tras la solemne y decisiva experiencia mediante la cual el alma se despierta, ésta empieza realmente una nueva vida: se siente impulsada por una ardiente voluntad de hacer el bien, experimenta la necesidad de hallarse en perfecta armonía con la vida universal, así como de obedecer en todo a la divina voluntad. En un primer momento, mientras está todavía bajo la impresión y el estímulo de su comunión con el Espíritu, cree poder hacerlo con facilidad y directamente, con un simple acto de voluntad. Sin embargo, cuando se dispone a emprender la obra, sufre enseguida un amargo desengaño. La naturaleza humana inferior resurge con sus hábitos, sus tendencias y sus pasiones, y la persona comprende que debe de cumplir un largo, laborioso y complejo trabajo de purificación. Debe emprender una peregrinación a través de los bajos fondos de su naturaleza inferior para conocerla, dominarla y transformarla. Pero los frutos de esta obra larga y ardua son preciosos y admirables: nuevas y más intensas iluminaciones y mayores revelaciones recompensarán al alma purificada.



Roberto Assagioli.

Imágen: Mirog.




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