El Maestro de la vida.


Es fácil pensar y reaccionar con lucidez cuando un suceso toca nuestra puerta, pero es difícil conservar la serenidad cuando las pérdidas y dolores de la existencia nos invaden. Muchos en esos momentos, revelan irritación, intolerancia y miedo. Si queremos observar la inteligencia y la madurez de alguien, no debemos analizarlas en la primavera, sino en los inviernos de la existencia.
Muchas personas, incluso intelectuales, se portan con elegancia mientras el mundo los elogia, pero se turban y reaccionan impulsivamente cuando los fracasos y los sufrimientos cruzan las avenidas de sus vidas. No logran superar las dificultades y ni siquiera extraer lecciones de las turbulencias.
Hubo un hombre que no se abatía al ser contrariado. Jesús no se turbaba cuando sus seguidores no correspondían a sus expectativas. A diferencia de muchos padres y educadores, usaba cada error y dificultad de sus íntimos no para acusarlos ni disminuirlos, sino para que evaluasen sus propias historias. El Maestro de la escuela de la vida no se preocupaba mucho por corregir los comportamientos manifiestos de los más cercanos, pero se empeñaba en estimular sus pensamientos y en que expandieran la comprensión de los horizontes de sus vidas.
Era amigo íntimo de la paciencia, sabía crear una atmósfera agradable y tranquila, aun cuando el ambiente a su alrededor estuviera turbulento. Por eso decía . “ Aprended de mí que soy manso y humilde...”(Mateo 11.29).
Su motivación era segura, todo en torno a Él, conspiraba en su contra, pero absolutamente nada abatía su ánimo. Aún no había pasado por el caos de la cruz. Su confianza era tanta que ya proclamaba por anticipado la victoria sobre una guerra que aún no se había luchado y que, peor aún, enfrentaría solo y sin armas. Por eso, a pesar de ser quién debía recibir aliento de sus discípulos, logró reunir fuerzas para animarlos momentos antes de su partida, diciendo: “ Pero confiad, yo he vencido al mundo...”( Juan 16.33).
El Maestro de la escuela de la vida sabía de las limitaciones humanas, sabía cuan difícil es gobernar nuestras reacciones en los momentos estresantes. Estaba consciente de que fácilmente nos equivocamos y nos castigamos y castigamos a los demás. Pero siempre quería aliviar el sentimiento de culpa que aplasta la emociones y crear un clima tranquilo y solidario entre sus discípulos. Por eso un día les enseñó a recapacitar y orar, diciendo: “Perdónanos nuestras deudas, cómo también perdonamos a nuestros deudores” (Mateo 6,12).
Quienes viven bajo el peso de la culpa, se lastiman continuamente a sí mismos y se vuelven sus propios verdugos. Pero el que es radical y excesivamente crítico de los demás, se vuelve un “verdugo social.”
En la escuela de la vida no hay graduación. Cualquiera que se sienta “graduado” hace morir su creatividad, pues va perdiendo la capacidad de asombrarse de los misterios que la gobiernan. Todo se vuelve común para él, no habiendo nada que lo anime y lo estimule. En la escuela de la vida, el mejor alumno no es el que está consciente de lo que sabe, sino de cuánto no sabe. No es aquel que proclama su perfección, sino el que reconoce sus limitaciones. No es aquel que proclama su fuerza, sino el que educa su sensibilidad.



Texto adaptado del libro:
"El Maestro de las emociones".
Augusto Cury.


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