lunes, 31 de mayo de 2010

¿Como será ser el otro?



Cuando lo conocí, Daniel estaba muy preocupado. Tenía 34 años, trabajaba como economista en un Banco importante, aparentemente todo era exitoso en su vida y, sin embargo, se sentía solo. Sus parejas eran breves, no tenía muchos amigos, se vinculaba con dificultad. Y, varias veces en los últimos tiempos, diferentes personas le habían dicho que lo encontraban un tanto soberbio, que se sentían cuestionadas por él.

Algo similar le ocurría a Paula, de 31 años, madre de dos hijos y, con esfuerzo, estudiante de psicología, carrera que retomó tras varios años dedicada a la maternidad. Sus amistades duraban poco, no encontraba a las otras personas hechas a su medida, tenía poca paciencia con los que consideraba defectos y los demás terminaban por alejarse.
Daniel y Paula son dos ejemplos de lo que ocurre cuando vivimos nuestras vidas en calidad de jueces de los demás. Terminamos por dificultar el vínculo, incomodamos a las otras personas, ponemos la relación en un plano inclinado (nosotros arriba, ellos abajo) y acabamos solos. Puede haber muchas razones sobre el origen de esta actitud. Dependen de la historia y de la estructura psicológica de cada persona. Una explicación sencilla y habitual es ésta: quien ha sido juzgado, será a su vez juez. Si en las relaciones más importantes de tu vida, las que te han formado, has estado sometido a juicios y prejuicios, eso formará en ti la idea de que un vínculo es un lazo en el cual uno juzga al otro. Y harás como juez lo que hicieron contigo cuando eras juzgado. Luego lo justificarás de distintos modos: que lo haces para ayudar, que lo haces por cariño, que lo haces para mejorar al otro, que las cosas deben ser como deben ser, y así hasta el infinito.
Lo cierto es que las personas que juzgan permanentemente a los demás generan incomodidad, sufrimiento y entorpecen sus propias relaciones. Cuando vivimos juzgando nos sometemos a una serie de limitaciones que nos empobrecen en lo personal y en lo vincular. Al ponernos la toga de jueces en nuestra vida diaria, automáticamente trazamos una línea (a veces un muro) que nos separa de los demás. Nosotros pertenecemos a una categoría, la de quienes deciden o saben lo que está bien o lo que está mal, cómo deben hacerse las cosas, qué actitudes son las que corresponden a cada situación, qué pareja, qué trabajo, qué amigos y hasta qué casa le conviene a cada quien. Y el resto de las personas está allí para recibir nuestra aprobación o reprobación, nuestro rótulo.
Daniel, por ejemplo, acababa a menudo sólo porque reprobaba, incluso por anticipado, la manera de actuar o de pensar de muchos de sus colegas, conocidos y amigos. Hasta tal punto lo hacía que se molestaba con ellos (sin que estos siquiera se enteraran) y, como producto de ese enfado, elegía no hablarles, no acercarse a las conversaciones grupales, a veces directamente no les saludaba. Por supuesto, muchas de aquellas personas terminaban por no tomarle en cuenta, no invitarlo a salidas conjuntas o evitarle para no oír sus comentarios irónicos, sarcásticos y enjuiciadores.
El “juez” establece un parámetro sobre lo bueno o lo malo, lo deseable o lo indeseable, lo correcto o lo incorrecto. Pero, curiosa paradoja, queda atrapado en ese parámetro. ¿Estamos seguros, cuando nos convertimos en jueces de los demás, que nosotros seremos capaces de actuar siempre de la manera en que pregonamos? ¿Podríamos jurar que, jamás de los jamases, caeremos en una actitud o una elección similar a la que reprobamos? ¿Podríamos exhibir una foja de actitudes en la vida tan impoluta, tan despojada de errores que nos permita mantener el podio de jueces? Para preguntarlo de una manera sencilla y milenaria: ¿podemos tirar la primera piedra?.
Paula descubrió que ella no podía arrojarla después de perder varias amigas, y de sentir que vivía malhumorada y peleada con el mundo al punto en que se sintió en crisis. Una crisis que le permitió cambiar, sobre todo después de que una de las amigas que aún conservaba (y con quien la unía un cariño que venía de la infancia) le contó de su propia vida, de por qué hacía aquello que Paula reprobaba; le habló de sus emociones, de sus búsquedas y logros personales. Entonces Paula descubrió que, en su afán de juzgar, había dejado de ver quiénes eran realmente las otras personas, había reemplazado la realidad por su opinión. Como jueza, no lo había hecho bien. Es que un juez justo sólo puede serlo desde la empatía, es decir, si es capaz de ponerse en el lugar del otro.
De esto trata, en parte, la muy bella novela Elizabeth Costello, del autor sudafricano J:M: Coetzee, premio Nobel de Literatura en 2003. Elizabeth, la escritora protagonista, reflexiona acerca de las grandes tragedias humanas, acerca de la intolerancia, del genocidio, de los desencuentros entre las personas, tanto en lo social como en lo cotidiano. Y piensa que ocurren porque olvidamos una pregunta sencilla, profunda y grandiosa: “¿Cómo sería yo si eso me estuviera pasando a mí?”. Cuando no la hacemos, dice, cerramos nuestro corazón.
Tomando esas palabras, se puede decir que, cuando juzgamos, olvidamos ponernos en el lugar del otro, ser el otro, y cerramos nuestro corazón. Con el corazón cerrado, quedamos solos, aunque estemos rodeados de gente. En cambio, cuando dejamos de juzgar abrimos nuestro corazón. Y, con él, abrimos nuestros ojos. Podemos ver al otro, saber quién es, averiguar qué le pasa, cómo se siente. Así, nuestros vínculos (de pareja, de amistad, familiares, como padres, como hijos, con colegas) se hacen más verdaderos, más profundos, con bases más sólidas. Desarrollamos la empatía y, con ella, empezamos a desplegar uno de los atributos humanos más elevados y esenciales para una vida plena, con sentido: la aceptación. Aceptación es más que tolerancia. En la tolerancia queda aún un matiz de juicio (Soy mejor que tú, por eso te tolero a pesar de tus defectos). Dejar de juzgar es empezar a conocer al otro. Conocer es aceptar. Y quien aprende a aceptar, nunca está solo.


Sergio Sinay.


Cuando estés a punto de juzgar a alguien primero piensa ... si no actuarias igual que el en la misma situación...

Pao.

Cuando ves demasiado ego en los demás...


"Una de las grandes verdades psicológicas sobre la mente humana es que cualquier cosa que deseas esconder en tu propio interior, empiezas a proyectarla sobre los demás. Siempre que empieces a ver algo en alguien, recuerda que es un mensaje. Ve inmediatamente hacia adentro; debe estar allí. El otro funciona solamente como una pantalla. Cuando ves ira en los demás, ve hacia adentro y escarba en ti y la encontrarás allí; cuando ves demasiado ego en los demás, simplemente ve hacia adentro y descubrirás al ego sentado allí. El interior funciona como un proyector. Los demás se convierten en pantallas y empiezas a ver películas en los demás que realmente son tus propios films".

Osho.

El arte de morir.


Siempre está en uno.


Todo verdadero conocimiento viene solamente de nuestro interior, en silenciosa comunicación con nuestra propia alma. Las doctrinas y la civilización nos han despojado del silencio, nos han robado la conciencia de que nosotros sabemos todo lo que sucede dentro de nosotros mismos.
Se nos ha llevado a pensar que son otros los que nos deben enseñar, y nuestro propio ser espiritual ha quedado sumergido.
La bellota, llevada a cientos de millas de distancia de su árbol madre, sabe, sin que nadie se lo enseñe, cómo convertirse en un perfecto roble... La serpiente pone sus huevos en la arena y sigue su camino; y sin embargo dentro de la bellota, y de la serpiente, está la sabiduría necesaria para que los que nacen lleguen a ser tan perfectos como sus padres.

Tenemos mucha necesidad de volver a creer que dentro de nosotros está toda la verdad.

Edward Bach.


domingo, 30 de mayo de 2010

2012.

Encontrarse...


Encontrarse con otro es como leer un libro...

Bueno, regular, malo, cada encuentro con un otro me nutre, me ayuda, me enseña. No es la maldad, la inadecuación ni la competencia del prójimo lo que hace que una relación fracase.
El fracaso, si es que queremos llamarlo así, es la expresión que usamos para decir que el vínculo ha dejado de ser nutritivo para alguno de los dos . (No Somos para todos todo el tiempo ni todos son para nosotros todo el tiempo.)
Cada uno de los encuentros en mi vida ha sido como cada libro que leí: una lección de vida que me condujo a ser quien soy.

Jorge Bucay.


sábado, 29 de mayo de 2010

Blowing in the wind.


Cuantos caminos una persona debe de caminar
Antes de que lo llames un hombre?
Cuantos mares una paloma blanca debe de navegar
Antes de que duerma en la arena?
Cuanto tiempo tienen que volar las balas de cañon
Antes de que sean prohibidas para siempre?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento.

Cuantas veces un hombre debe de alzar la vista
Antes de que pueda ver el cielo?
Cuantos oídos debe tener un hombre
Antes de que pueda escuchar a la gente llorar?
Cuantas muertes tendrán que pasar hasta que el sepa
Que mucha gente ha muerto?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento.

Cuantos años puede existir una montaña
Antes de que este descolorida por el mar?
Cuantos años puede la gente existir
Antes de que se les sea permitida la libertad?

Cuantas veces un hombre puede voltear la cabeza
Pretendiendo que el no ve?
La respuesta, mi amigo, esta soplando en el viento,
La respuesta esta soplando en el viento.


Bob Dylan.




Dile que quiero escucharla .


A los que quieren tender puentes con los demás.

Un buen hombre vino un día a exponerme un problema que tenía en su matrimonio, escuché atentamente todo su planteamiento. Según él su pareja lo quería abandonar porque ya no lo amaba, por supuesto le echaba toda la culpa a ella. Me manifestó su deseo de salvar su hogar, aunque su esposa estaba decidida a divorciarse, y que le gustaría que yo hablara con ella a ver si desistía de esa idea, aunque al mismo tiempo expresaba: “Lo veo muy difícil, mi esposa no quiere que ninguna persona ayude en este conflicto”.

Después de que se desahogó y de darle mi punto de vista, le dije: “Dile a tu esposa que quiero escucharla”.

_ Sí padre _ me dijo _, le voy a decir que usted quiere hablar con ella.

_ No, no le digas así, dile: “Hablé con el padre y él quiere escucharte a ti también”.

_ Se lo diré pero sé que ésa no va a venir.

_ Pero acuérdate, dile que la quiero escuchar. ¿Cómo le vas a decir? _ insistí mucho en esto porque me di cuenta de que este hombre era bueno y amaba a su mujer pero no sabía escucharla.

_ Le voy a decir que usted quiere hablar con ella pero no va a venir, lo sé.

_ No, así no. Es así, grábatelo bien: “Hablé con el padre y él quiere escucharte a ti también”. ¿Cómo le vas a decir? _ el hombre repitió de nuevo la frase. Al salir acotó: “Así se lo diré pero yo sé que no va a venir, esa mujer es sorda como una mula y no quiere escuchar a nadie”.

Al día siguiente vino la señora, sentí que tenía ansias de ser escuchada. Su marido no tomaba en cuenta sus planteamientos, lo que hacía era atacarla con palabras, actitudes y hechos. Al paso del tiempo se reconciliaron porque todo es cuestión de tiempo, tu pareja no se alejó de ti de un día a otro y tampoco se va a acercar de un momento a otro. Tu relación se echó a perder con el paso del tiempo pero no por éste, sino por lo que tú hiciste o dejaste de hacer. Sólo al paso del tiempo se arreglará pero haciendo algo distinto a lo que estabas acostumbrado, andando otros pasos; no le dejes todo al tiempo porque éste no tiene nada que ver.

Analizando todo me di cuenta de que su marido nunca la había escuchado.

¡Cuántas necesidad tenemos de que alguien nos escuche!

No hables tanto con tu hijo, escúchalo.

No hables tanto con tu pareja, escúchala.

No hables tanto, escucha.

En un ambiente de conflicto no le digas a ninguna persona “quiero hablar contigo”, sino “quiero escucharte” porque lo primero suena a un ataque y si así suena es porque lo es. Todo el mundo se defiende cuando lo atacan o cuando se siente atacado porque considera que es su derecho. En cambio, “quiero escucharte” invita a que esa persona se abra porque siente que tú estás interesado en ella. Escucha a los demás, y te saldrán palabras adecuadas para que te escuchen a ti también. Cuando uno se siente atacado se vuelve sordo, y también cuando uno es el que ataca.

Un día escuché un cuento que tiene que ver con esto: una vez un científico hizo el siguiente experimento. Agarro una ranita y la colocó en la mesa de su laboratorio. “Salta” le dijo, ella saltó. “La ranita salta cuando tiene cuatro patitas”, escribió en su informe. Luego le quitó una de las patitas y le repitió lo mismo: “Salta”, la ranita saltó con tres patas. Esto escribió el científico. Ya así le fue quitando patita por patita y ella saltó con tres, con dos y con una… hasta que no le quedó ninguna. Entonces le dijo: “Salta… salta… ¡salta!”, por supuesto, ella permanecía inmóvil. Como conclusión científica el experimento escribió: “Cuando a la ranita se le cortan las cuatro patitas, se vuelve sorda”.

Cuando alguien es atacado se vuelve sordo y el que ataca, sordo y ciego.


Ricardo Bulmez.


viernes, 28 de mayo de 2010

To Love You More.

Este video quiero regalarselo especialmente a Nelson...
Sabemos que este tramo del camino nos toco hacerlo juntos...
Y me encanta ir de tu mano.
Gracias por ser quien eres !!!



¿Crees que tienes mucho tiempo?.


"Don Juan me examinó con curiosidad y rió. Dijo, en tono muy bondadoso, que ya me había dicho que todos somos unos tontos. Yo no era la excepción.

-Siempre te sientes obligado a explicar tus actos, como si fueras el único hombre que se equivoca en la tierra -dijo-. Es tu viejo sentimiento de importancia. Tienes demasiada; también tienes demasiada historia personal. Por otra parte, no te haces responsable de tus actos; no usas tu muerte como consejera y, sobre todo, eres demasiado accesible. En otras palabras, tu vida sigue siendo el desmadre que era cuando te conocí.

De nuevo tuve un genuino empellón de orgullo y quise rebatir sus palabras. Él me hizo seña de callar.

-Hay que hacerse responsable de estar en un mundo extraño -dijo-. Estamos en un mundo extraño, has de saber.


Moví la cabeza en sentido afirmativo.

-No estamos hablando de lo mismo -dijo él-. Para ti el mundo es extraño porque cuando no te aburre estás enemistado con él. Para mí el mundo es extraño porque es estupendo, pavoroso, misterioso, impenetrable; mi interés ha sido convencerte de que debes hacerte responsable por estar aquí, en este maravilloso mundo, en este maravilloso desierto, en este maravilloso tiempo. Quise convencerte de que debes aprender a hacer que cada acto cuente, pues vas a estar aquí sólo un rato corto, de hecho, muy corto para presenciar todas las maravillas que existen.

Insistí que aburrirse con el mundo o enemistarse con él era la condición humana.

-Pues cámbiala -repuso con sequedad-. Si no respondes al reto, igual te valdría estar muerto.

Me instó a nombrar un asunto, un elemento de mi vida que hubiera ocupado todos mis pensamientos. Dije que el arte. Siempre quise ser artista y durante años me dediqué a ello. Todavía conservaba el doloroso recuerdo de mi fracaso.

-Nunca has aceptado la responsabilidad de estar en este mundo impenetrable -dijo en tono acusador-. Por eso nunca fuiste artista, y quizá nunca seas cazador.

-Hago lo mejor que puedo, don Juan.

-No. No sabes lo que puedes.

-Hago cuanto puedo.

-Te equivocas otra vez. Puedes hacer más. Hay una cosa sencilla que anda mal contigo: crees tener mucho tiempo.

Hizo una pausa y me miró como aguardando mi reacción.

-Crees tener mucho tiempo -repitió.

-¿Mucho tiempo para qué, don Juan?

-Crees que tu vida va a durar para siempre.

-No. No lo creo.

-Entonces, si no crees que tu vida va a durar para siempre, ¿qué cosa esperas? ¿Por qué titubeas en cambiar?.

-¿Se le ha ocurrido alguna vez, don Juan, que a lo mejor no quiero cambiar?.

-Sí, se me ha ocurrido. Yo tampoco quería cambiar, igual que tú. Sin embargo, no me gustaba mi vida; estaba cansado de ella, igual que tú. Ahora no me alcanza la que tengo.

Afirmé con vehemencia que su insistente deseo de cambiar mi forma de vida era atemorizante y arbitrario. Dije que en cierto nivel estaba de acuerdo, pero el mero hecho de que él fuera siempre el amo que decidía las cosas me hacía la situación insostenible.

-No tienes tiempo para esta explosión, idiota -dijo con tono severo-. Esto, lo que estás haciendo ahora, puede ser tu último acto sobre la tierra. Puede muy bien ser tu última batalla. No hay poder capaz de garantizar que vayas a vivir un minuto más.

-Ya lo sé -dije con ira contenida.

-No. No lo sabes. Si lo supieras, serías un cazador.

Repuse que tenía conciencia de mi muerte inminente, pero que era inútil hablar o pensar acerca de ella, pues nada podía yo hacer para evitarla. Don Juan río y me comparó con un cómico que atraviesa mecánicamente su número rutinario.

-Si ésta fuera tu última batalla sobre la tierra, yo diría que eres un idiota -dijo calmadamente-. Estas desperdiciando en una tontería tu acto sobre la tierra.

Estuvimos callados un momento. Mis pensamientos se desbordaban. Don Juan tenía razón, desde luego.

-No tienes tiempo, amigo mío, no tienes tiempo. Ninguno de nosotros tiene tiempo -dijo.

-Estoy de acuerdo, don Juan, pero...

-No me des la razón por las puras -tronó-. En vez de estar de acuerdo tan fácilmente, debes actuar. Acepta el reto. Cambia.

-¿Así no más? .

-Como lo oyes. El cambio del que hablo nunca sucede por grados; ocurre de golpe. Y tú no te estás preparando para ese acto repentino que producirá un cambio total.

Me pareció que expresaba una contradicción. Le expliqué que, si me estaba preparando para el cambio, sin duda estaba cambiando en forma gradual.

-No has cambiado en nada -repuso-. Por eso crees estar cambiando poco a poco. Pero a lo mejor un día de éstos te sorprendes cambiando de repente y sin una sola advertencia. Yo sé que así es la cosa, y por eso no pierdo de vista mi interés en convencerte.

No pude persistir en mi argumentación. No estaba seguro de qué deseaba decir realmente. Tras una corta pausa, don Juan reanudó sus explicaciones.

-Quizás haya que decirlo de otra manera -dijo-. Lo que te recomiendo que hagas es notar que no tenemos ninguna seguridad de que nuestras vidas van a seguir indefinidamente. Acabo de decir que el cambio llega de pronto, sin anunciar, y lo mismo la muerte. ¿Qué crees que podamos hacer?.

Pensé que la pregunta era retórica, pero él hizo un gesto con las cejas instándome a responder.

-Vivir lo más felices que podamos -dije.

-¡Correcto! ¿Pero conoces a alguien que viva feliz?

Mi primer impulso fue decir que sí; pensé que podía usar como ejemplos a varias personas que conocía. Pero al pensarlo mejor supe que mi esfuerzo sería sólo un hueco intento de exculparme.

-No -dije-. En verdad no.

-Yo sí -dijo don Juan-. Hay algunas personas que tienen mucho cuidado con la naturaleza de sus actos. Su felicidad es actuar con el conocimiento pleno de que no tienen tiempo; así, sus actos tienen un poder peculiar; sus actos tienen un sentido de...

Parecían faltarle las palabras. Se rascó las sienes y sonrió. Luego, de pronto, se puso de pie como si nuestra conversación hubiera concluido. Le supliqué terminar lo que me estaba diciendo. Volvió a sentarse y frunció los labios.

Los actos tienen poder -dijo-. Sobre todo cuando la persona que actúa sabe que esos actos son su última batalla. Hay una extraña felicidad ardiente en actuar con el pleno conocimiento de que lo que uno está haciendo puede muy bien ser su último acto sobre la tierra. Te recomiendo meditar en tu vida y contemplar tus actos bajo esa luz."



Carlos Castaneda.

Viaje a Itxlan.

Entregar mi poder.


¿Que es lo que dejé de ver en mí, que hoy tus mentiras son mi realidad?…
¿Que es lo que dejé de ver en las personas que me quieren -y que quiero- que hoy sus verdades me son indiferentes?…


No recuerdo cuando te di el poder de que manejes mi vida. No recuerdo cuando te adueñaste de mis sueños, de mis proyectos… Casi sin darme cuenta estoy sumergida en un recuerdo que me atormenta y trato de alejarte pero mi ser busca la manera de que estés siempre cerca.

Siento que vivo a través de tus ojos, olvidando por completo lo que realmente siente mi corazón. Pareciera que creerte me lastima menos que descubrir que eres tú la causa de mi dolor.

Trato de imaginar mi vida sin vos y lo que realmente veo es como se desmorona todo mi mundo; comienzo a entender que no sos vos lo que importa, sino todo aquello que proyecté a través de tu presencia.
Ver caer esos sueños duele más que no tenerte a mi lado.

En un esfuerzo por hacer racional esta emoción que me domina, entiendo que ese proyecto que siento perder, no es el mismo que el tuyo… que mi mente ha creado ese espacio en donde me siento segura, pero tus pasos se dirigen exactamente en la dirección contraria. Veo como te alejas y con eso mi vida -no mi vida real sino aquella que planifiqué equivocadamente a tu lado.

Quedaré vacía, eso es lo que siento. Esto es lo que domina hoy mi comportamiento tan irracional. Creo ser fuerte en tantos aspectos de mi vida y sin embargo una sola mirada tuya me hace olvidarme de mi misma.
¿Cuándo te di el poder de que manejes mi vida? ¿Cuándo fue que esto sucedió??!!

Necesito recuperar mi corazón, dejar de ponerlo en tus manos y de una vez tomar la decisión de agarrarlo bien fuerte entre las mías. Será un camino duro, donde el “tiempo” será mi mejor aliado; pero una vez que recupere mis sueños, todo se verá mucho más claro.

Ahora es el momento de hacerte a un lado. Lo siento, pero me di cuenta por fin que soy importante, que valgo la pena y que mi corazón merece una oportunidad para volver a latir. Buscaré nuevos horizontes, donde tú ya no estarás. Y ese es mi futuro: comenzar a encontrarme, a quererme y decidir de una vez ser feliz!

Nadie más que nosotros mismos tiene el poder de tomar las decisiones que nos llevan a la felicidad. Somos dueños de nuestra vida, incluyendo nuestros sentimientos.
Nunca dejemos que alguien más defina nuestro futuro. Nunca entregues tu poder.

Por Luz Braveros.

Gracias Nelson !!!


jueves, 27 de mayo de 2010

Dichoso.


Dichoso el que olvida
el porqué del viaje
y, en la estrella, en la flor, en el celaje
deja su alma prendida.



Antonio Machado.


¿ Para que pedir Felicidad ?


Si todo quieres cómpralo... si no estás en

busca... receptivo... despierto... ¡vivo!


Si no cultivas rosas, ni esperas milagros... ni

suenas con ideales.


Si no tienes una copa para saciar la sed... ni

una pincelada para mirar los acontecimientos...

ni una mano para ayudarte a caminar.


Para que pides felicidad, si no conoces sus

grados, su inspiración, su movimiento... Si no

atinas a llevarla como estrellas en tu ojos...

como convicción en tu mente... ¡como cuerda en

tu corazón!


Para que pides felicidad, si no sabes manejarla,

ni sacarla de ti mismo, ni oírla en el silencio,

ni apretarla en la oración...

Si no te detienes a percibirla en el detalle, en la belleza,

en el espíritu, en la ternura... ¡en la obra de Dios!


¡Para que pides!...

Si no tienes fe en ti mismo... en la vida...¡ni en

Dios!


¿Para qué felicidad y maravillas?

Si tienes el mundo, que es un libro de sabiduría...

¡Y no sabes leerlo!


¿Para qué quieres estrellas...

Si te falta la luz?


¿Para que pides felicidad...

Si no te conviertes a ellas, si te regateas la fe, si

te achicas el espacio... si le temes a todo?


¿Si andas el camino y los acontecimientos,

con las antenas cerradas?


Para que decir:

Señor... dame la felicidad...

¿si no estas dispuesto a ser feliz...?




Zenaida Bacardí de Argamasilla.



miércoles, 26 de mayo de 2010

El círculo de la alegría.


Cuenta Bruno Ferrero que cierto día un campesino golpeó con fuerza la puerta de un convento. Cuando el hermano portero abrió, él le extendió un magnífico racimo de uvas...

-Querido hermano portero, estas son las más bonitas producidas por mi viñedo. Y vengo aquí para regalarlas.
-¡Gracias! Las llevaré inmediatamente al abad, que se alegrará con este ofrecimiento.
-¡No! Yo las he traído para ti.
-¿Para mí?-. El hermano se sonrojó porque consideraba que no merecía tan bello presente de la naturaleza.
-¡Sí! - insistió el campesino. - Porque siempre que golpeé esta puerta tú me abriste. Cuando necesité ayuda porque la sequía había destruido mi cosecha, tú me dabas todos los días un pedazo de pan y un vaso de vino. Yo quiero que este racimo de uvas te traiga un poco del amor del sol, de la belleza de la lluvia y del milagro de Dios, que lo hizo nacer tan hermoso.
El hermano portero colocó el racimo frente a él y pasó la mañana entera admirándolo: era realmente precioso y por eso resolvió entregar el regalo al Abad, que siempre lo había estimulado con palabras de sabiduría.
El Abad se puso muy contento con las uvas, pero se acordó de que había en el convento un hermano enfermo y pensó:
"Le daré el racimo. Quizá puede aportar alguna alegría a su vida".
Y así lo hizo. Pero las uvas no permanecieron mucho tiempo en la habitación del hermano enfermo, porque éste reflexionó:
"El hermano cocinero ha cuidado de mí durante tanto tiempo, alimentándome con lo mejor que tenía. Estoy seguro de que se alegrará con esto".
Cuando el hermano cocinero apareció a la hora del almuerzo, trayendo su comida, él le entregó las uvas.
-Son para ti- dijo el hermano enfermo. -Como siempre estás en contacto con los productos que la naturaleza nos ofrece, sabrás qué hacer con esta obra de Dios.
El hermano cocinero quedó deslumbrado con la belleza del racimo, e hizo que su ayudante observase la perfección de las uvas. Tan perfectas -pensó él- que nadie mejor que el hermano sacristán para apreciarlas; como él era el responsable de la custodia del Santísimo Sacramento, y muchos monasterios lo consideraban un hombre santo, sería capaz de valorar mejor aquella maravilla de la naturaleza.
El sacristán, a su vez, obsequió las uvas al novicio más joven, para que éste pudiera entender que la obra de Dios está en los menores detalles de la Creación. Cuando el novicio las recibió, su corazón se inundó de la Gloria del Señor, porque nunca había visto un racimo tan lindo. En ese momento se acordó de la primera vez que había llegado al monasterio y de la persona que le había abierto la puerta: había sido ese gesto el que le había permitido estar hoy en aquella comunidad de personas que sabían valorar los milagros.
Así, poco antes de caer la noche, llevó el racimo de uvas al hermano portero.
-Come y aprovecha -le dijo. Porque pasas la mayor parte del tiempo aquí solo y estas uvas te harán muy feliz.
El hermano portero comprendió que aquel presente le había sido realmente destinado, saboreó cada una de las uvas de aquel racimo y durmió feliz.

De esta manera, quedó cerrado el círculo: el círculo de felicidad y alegría que siempre se extiende en torno a las personas generosas.

Paulo Coelho.